23 d’agost de 2016

La tierra de mi padre

        La tierra de mi padre, tozuda y robusta, se encarama a la montaña para poder ver el mar. Se pierde entre valles y recovecos, entre bancales de almendros y campos de olivos, cruzados por acequias y senderos. Áspera y pizarrosa, no teme ni a la nieve ni a las sequías y el tomillo crece compacto y perfumado. Las nubes son huidizas y, de vez en cuando, ansías tocar el cielo. Pero las cumbres de nieves perpetuas lo custodian, siempre celosas, porque otro no hay tan limpio, tan azul, tan puro. Las noches de verano son apacibles y frescas. La oscuridad es silencio y las voces, haciendo eco, se propagan por las quebradas. El aire de la sierra, seco, purificador, te ensancha los pulmones y te deja dormir hasta el alba.
        Los pueblos, blanquísimos y menudos, desafían los barrancos y retienen unos nombres tan exóticos, con reminiscencias árabes, que suenan inauditos. En los callejones empinados y estrechos, las flores cuelgan de los balcones y de las ventanas mientras los perros, indolentes, dormitan en los portales. Extendidos sobre los tejados grisáceos, se secan pimientos y almendras e higos al sol, y el aire se llena de aromas dulces y sedantes. Entre villa y villa, como un oasis, te acoge una venta: se bebe el vino de la tierra, mineral y potente, se saborean los jamones que, colgados del techo, se curan siguiendo un método ancestral. Se ríe, se charla, se canta. Entonces entiendes a su gente, de ojos oscuros y melosos, de piel tostada y manos inquietas. Gente que habla deprisa, con un deje de ironía, con diminutivos y palabras propias que endulzan una historia sufrida, escrita en el aislamiento y el olvido.
     Perdidos en las hondonadas, ocultos tras las higueras y los viñedos, descansan los cortijos. Son aldeas remotas, dispersas, que acogían un puñado de familias víctimas del caciquismo y la injusticia. Son establos y cuadras y gallineros, y casas en ruinas repletas de memoria, que dejan ver las vigas de madera y los cañizos recubiertos con losas y arcilla. Negras de hollín, algunas chimeneas resisten obstinadas, testigos de comidas y tertulias alrededor de sus brasas. Aún se adivinan los hornos de piedra donde cocían el pan y los senderos que conducían a la fuente y a la huerta. Si cierras los ojos, puedes oír los cencerros de los rebaños, el rebuzno de los mulos que, tercos, a todas partes llegaban, y la algazara de los vecinos los días de fiesta. Puedes intuir todavía aquella existencia dura, pero digna, el hechizo de una tierra que no da tregua pero que nunca se olvida. Porque todavía hay gente, como mi padre, que me lo puede contar y convertirlo en relato.

Diari de Girona, 21 de agosto de 2016

Albondón